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con una dilapidada edificación y al
inquirir razones por tal estado, fueron informados cómo en los primeros
dos meses deste siglo habían ocurrido en esta provincia terribles
terremotos, causando tanto daño que los progenitores de la nación
obligados a buscar posada temporal para continuar su sabia legislación.
Apenados por la tragedia indagaron los
caminantes sobre quién los guiara hasta el nuevo albergue de los
delegados, y pronto encontraron a un diestro bachiller, el cual gustoso
se ofreció darles una guía para encaminarlos al nuevo asiento de los
ochenta y cuatro, como tantos eran los mencionados representantes, más
igual número de esquiroles.
Pronto
encontraron el nuevo albergue, al cual accedieron después de ser
sometidos a una rigurosa esculcada de la parte de hercúleos bedeles,
fieles guardianes de los circunspectos delegados.
“Pon mucha atención a las sabias
enseñanzas que habrás de escuchar en este magno recinto, Sancho
hermano”, dijo Don Quijote, “y recuerda: no podrás gobernar
diestramente, si no es con el apoyo de la sabiduría destos hombres y
mujeres”.
“Todo esto digo para que no atribuyas a
tus merecimientos la merced recebida, sino debes dar gracias al cielo,
de contar con el apoyo destos personajes. Y ten cuidado: los oficios y
grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones”.
“Pero señor”, respondió Sancho Panza,
“lo tanto aquí he escuchado son exclamaciones más parecidas a
lamentos de enamorados, y no sabias disposiciones para ayudarme a
gobernar. Parece, sin embargo, que los ilustrados mentores son diestros
en la procuración de beneficios propios, como lo patentiza sus
generosas soldadas, sus múltiples salidas a conocer el mundo,
asignándose para ello abundantes peculios, los espléndidos festejos
que se gastan y amenazas de amañadas pujas para beneficiar a los suyos”.
“Mejor será salir de aquí en busca de
otros rumbos. Estoy seguro que conocerlos servirá para recuperar tu
dañada intención de gobernar esta ínsula”, respondió Don Quijote.
Y fue así, como nuestros visitantes
decidieron inquirir sobre la aplicación de la justicia, elemento
principal en la buena conducción de una comarca. Al internarse en la
morada donde se practica la igualdad ante la ley, encontraron a unos
oscuros personajes quienes les ofrecieron sus servicios de litigantes, o
bien de testigos a su favor. Movido por la curiosidad Don Quijote
inquirió si esta práctica era sancionada por los señores jueces, a lo
cual uno de los allí presentes sonriendo respondió: “Estimado señor
amigo mío, no le quite el sueño su preocupación; usted deberá saber
cómo muchos de los llamados jueces han obtenido su título a cambio del
desembolso de una satisfacción monetaria, prodigada a personajes e
instituciones; y usted debe saber que esa tradición es tolerada, aun
por aquellos quienes la deberían perseguir”. “Esta costumbre hará
sonrojar, ultrajado, a Marcos el Evangelista, santo patrono de los
abogados”, pensó Don Quijote”.
Espantados por haber escuchado aquello, Don
Quijote y Sancho Panza corrieron despavoridos, alejándose a todo galope
dese aterrador lugar, y, sin voltear a ver atrás, Sancho dijo a su amo,
“Habrás de entender, mi amo y señor; estoy a punto de renunciar al
honor que voz queréis conferirme, más antes de tomar una decisión
final he de ver las condiciones de salud deste pueblo”.
Eso dicho, buscaron en más prósimo
hospital hasta llegar a uno cuyo nombre les recordó de un jardín. “Por
ello será bueno”, sentenció Don Quijote. Pero al adentrase en los
servicios y ver a enfermos reposando en el piso y aquellos con más
suerte compartiendo su cama con otro enfermo, decidieron abandonar el
lugar, con sus corazones partidos en mitad.
“Gracias te doy, mi señor”, expresó
Sancho Panza, “dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme ir a
buscar la vida pasada, para olvidar de lo que aquí he visto. Yo no
nací para ser gobernador, ni para resguardar ínsulas ni ciudades de
las tribulaciones que como a ésta afectan”.
Abrazole Don Quijote, y Sancho, llorando
copiosamente, abrazó también a su amo, y lo dejó admirado por su
franqueza, así de sus razones como de su determinación tan resoluta.
En un avión cuzcatleco procedente de
Comalapa partieron hacia La Mancha Don Quijote y Sancho Panza.
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