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amigos, de rodillas, elevaron una oración al Supremo Hacedor en memoria
de los fallecidos en los ataques terroristas a la gran nación del norte
y para que ilumine a sus adalides.
Apenas
rayaba el sol, cuando el Caballero de la Triste Figura y su escudero
Sancho Panza iniciaron su marcha inspeccionando la canonjía la cual
Sancho debía gobernar. Montados en sendas cabalgaduras, andaban por los
ruinados senderos, con dificultad escurriendo ser arrollados por
ruidosas carrozas dilapidadas que vomitando fumarada negra y a los
gritos de simios colgados de sus fenestras, disputaban la primacía del
camino, sin miramientos de los caminantes.
Eran tantos los ambulantes recorriendo los caminos, que los ilustres
visitantes no acertaban a descifrar cómo posible era que en la pequeña
comarca tanta gente cupiera. Los venteros errabundos atormentaron de tal
forma a nuestros huéspedes que espolearon harto sus cabalgadoras para
dese enredo salir.
Anduvieron los andantes, hasta cuando Don Quijote, férvido, alto
mandó, exclamando, “OH señora de mi alma, Dulcinea, flor de la
fermosura, es a ti a quién veo; pero ¿qué hacéis así desnuda, con
vuestros ojos vendados y qué es lo que de la mano sostenéis que
parecen las romanas de la justicia? ¿Acaso os habéis convertido en
querellante; en cual academia de estudios comprasteis el título?”
Arrebatole
el sucio perraje que sobre el rucio de Sancho Panza estaba y presto
subió hasta donde figuraba quien su fecunda fantasía le aseguraba era
su Dulcinea del Toboso. “Abrígote con estas suaves pieles, no vaya a
ser que malvados osen posar sus ojos sobre tu desnudez. Si alguno de
esos indignos se atreviese a eso facer, no dudéis de hacer uso de la
espada que en alto sostienes, arremetiendo sobre ellos, sin piedad, toda
vuestra ira. Aguarda aquí mi pronto regreso para rescatarte y tornarte
a nuestro feudo donde habrás de reposar hasta colmar tus deseos”. Y
despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte pésetes
de amor, el Caballero de la Triste Figura y su escudero continuaron su
marcha por la comarca.
No hubieron andado media legua, cuando llegó a sus oídos un fuerte
ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se
despeñaba y al verla de fermosos colores hechizados quedaron. Las aguas
bajaron y de dentro de ellas surgió un monstruo de tal manera deforme
que causaba horror y espanto.
Don Quijote, encomendándose de todo su corazón a Dios nuestro
Señor y a la señora Dulcinea del Toboso le envasó al abominable
monstruo su lanza entera por el lado izquierdo, y, sin percatarse que se
había partido en dos, seguro que le había pasado el corazón de parte
a parte, apeándose de Rocinante, con su espada alzada montó sobre lo
que supuso era el cuello de aquel feroz animal y cabalgolo por más de
dos horas. Reclamole a gritos el socorro de Sancho, cosa que el escudero
pronto hizo, para satisfacer las órdenes de su amo, y montó el mesmo
sobre lo que parecía las posaderas de aquella bestia.
El
valeroso subalterno y el famoso don Quijote con sus espadas altas y
desnudas, en guisa de descargar furibundos fendientes, tales, que si en
lleno se acertaban sobre el monstruo abriría como granada su cabeza.
Consumido por su esfuerzo cayó Don Quijote desmayado al fondo de las
aguas que resguardaban aquella bestia. Pronto Sancho, apeándose de su
montadura, tornó al rescate de su amo y dándole gracias al cielo por
estar donde estaban, lo condujo al más prósimo sanatorio donde sus
magulladuras sanaron.
“¡Cinco mil maravedíes por una noche de cuidado es un robo!”
exclamaba agitado Don Quijote cuando fue confrontado con la suma por los
cuidos que le habían prodigado. Más no tuvo más remedio que
satisfacer la cuenta, no fuera ser que a prisión fuera a parar con todo
y Sancho y sus cabalgaduras.
Recuperados su loriga y otras pertenencias, junto con su fiel
escudero renovaron la marcha en busca de autoridades ante quien elevar
una protesta y revelar la presencia de tales monstruos encantados los
que, gracias a Dios, y a la destreza deste caballero, no presentaban
más peligro de maleficios causar.
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