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encontraron frente a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le
vino a la imaginación a don Quijote las encrucijadas donde los
caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos
tomarían; y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo
muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad
del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse
camino del frente de su nariz.
De pronto don Quijote se encontró ante a unos raros gigantes
soterrados, y apenas los devisó, cuando se imaginó ser cosa de nueva
aventura. “La bonanza va guiando nuestras cosas mejor de lo que
acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho, donde se
descubren veinte, o pocos más, desaforados gigantes, con quienes pienso
hacer batalla y quitarles a todos las vidas. “¿Qué gigantes? -dijo
Sancho Panza”.
“Aquellos que allí ves -respondió su amo- que solo sus cabezas
asoman y que su parte soterrada calculo tendrá casi treinta metros.
Alguien quiso mofar del buen gusto deste pueblo y morir merecen”.
Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender
a las voces que su escudero Sancho le daba, pero él iba tan puesto en
que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero, ni echaba de
ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en
voces altas:
“Non fuyades, cobardes y viles criaturas; que un solo caballero es
el que os acomete”.
Y diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora
Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de
su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de
Rocinante y embistió con el primero que estaba delante; y dándole una
lanzada en la frente, la lanza voló al viento hecha pedazos y el
caballero y su montura fueron rodando muy maltrechos por el campo.
Acudió Sancho Panza a socorrerle y cuando llegó al lado de su amo,
halló que no se podía ni siquiera menear.
“¡Válame
Dios!”, dijo Sancho: “¿No le dije yo a vuestra merced que mirase
bien lo que hacía, que no eran sino moles deformes de piedra, y no lo
podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?”
A como pudo, Sancho Panza montó a su patrón sobre el rucio porque
Rocinante había partido adelantado de su amo, y salió con rumbo a la
tienda más prósima. Al llegar a ella, salió el ventero, que vio a don
Quijote atravesado en el asno, preguntó a Sancho qué mal traía.
Sancho le respondió que no era nada, sino que había dado una caída de
una peña abajo, y que venía algo brumadas las costillas.
El ventero los mandó a reposar, y no bien hubieron recuperado las
fuerzas notaron con satisfacción que la tienda estaba guardada por un
gigante de grandes dimensiones que desnudo mostraba su cuerpo entero.
“Questa es buena estrella, mi amigo Sancho, podremos descansar
tranquilos sabiéndonos salvos de toda maldad”. Habiendo dicho la
anterior se les apareció el ventero acompañado de dos mujeres mozas,
para invitar a los paseantes a disfrutar de los juegos de suerte que la
venta ofrecía.
“En la tierra de La Mancha, estos juegos, aun el chingolingo,
están vedados y nos, cumplidores de la ley, los resistimos”,
manifestó don Quijote al ventero, y dirigiéndose a las mujeres,
agregó, “Non temáis vosotras desaguisado alguno; que a la orden de
caballería que profeso non toca ni atañe facerle mal a ninguno, cuanto
más a tan altas doncellas”
Mirábanle las mozas, con los ojos buscándole el rostro, que la
visera le encubría; mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera
de su profesión, no pudieron tener la risa, pues años facía que así
no las llamaban.
“Apuraos a llenar de vino vuestras botas, pues la medianoche
acecha, hora después de la cual no podremos serviros por haber la veda”.
Interrumpió el tendero.
“A vos, las gracias os doi, mas no será necesario pues al salir el
sol mañana continuaremos, mi escudero y yo la inspección desta
comarca. Descansad bien que nosotros así lo haremos”.
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